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Yo Y Su Amante, Embarazadas, ¿Él Elegirá?

Yo Y Su Amante, Embarazadas, ¿Él Elegirá?

El día de nuestra boda, Leonardo Sánchez me juró que me amaría para toda la vida. Siete años después, hizo que otra mujer quedara embarazada y hasta la instaló en una mansión de maternidad que había preparado con esmero. Cuando lo descubrí, el vientre de ella ya estaba abultado, a punto de dar a luz. Él apenas se sobresaltó un instante, pero enseguida la protegió detrás de su espalda. —Camila, tú siempre tuviste miedo de ser madre. Con este hijo, la familia Sánchez tendrá un heredero y tú ya no tendrás que sufrir. —Seguiremos igual que antes, nada va a cambiar. Yo sostenía en mis manos el examen de embarazo recién confirmado y, entre lágrimas, solté una sonrisa rota. El día en que Valeria dio a luz, yo me sometí a un aborto, dejé el acuerdo de divorcio y tomé un avión rumbo a un país lejano.
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Nunca es tarde para arrepentirse del amor

Nunca es tarde para arrepentirse del amor

Frente a la entrada del hospital, mientras una hemorragia me bañaba las piernas durante el embarazo, Leandro Rivera me dejó sola para llevar a casa a su clienta... la misma a quien le estaba tramitando el divorcio. No importó que suplicara con la mirada. No miró atrás. Solo se fue. Esa misma noche, en lugar de estar a mi lado, apareció en la publicación de la clienta en Facebook. «Qué suerte tener a mi gran abogado... ¿quién dijo que no hay sopa para la resaca? Oh, cierto... ¡yo sí la tengo!» No dormí en toda la noche. A la mañana siguiente, con una calma que no sentía, marqué el número de mi padre. —Papá, ya lo decidí. En tres días vuelvo a casa... a hacerme cargo de la empresa.
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El masajista ciego

El masajista ciego

Con la epidemia se vio afectado mi sueldo, y para ganar más dinero con el que mantener a mi familia, volví a mi profesión anterior de masajista ciego a tiempo parcial. Sin embargo, lo que no me esperaba fue que había un servicio especial oculto en la última planta de ese salón de masajes. La primera clienta que atendí allí fue Cecilia Lagos, la bella presidenta de mi empresa, y quería que le diera un masaje especial...
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Tras el divorcio, los gemelos se arrepintieron

Tras el divorcio, los gemelos se arrepintieron

Mi mejor amiga y yo nos casamos el mismo día con los hermanos Alcázar. Por coincidencia, incluso quedamos embarazadas al mismo tiempo. Yo me casé con el hermano mayor, un reconocido psicólogo; ella, con su hermano menor, un prodigio de la medicina. Debido a las molestias del embarazo, Sebastián decidió manejar y llevarme para realizarme un chequeo prenatal. Pero a mitad del camino, una sola llamada de su ex, la mujer que nunca superó, bastó para que cambiara de rumbo y me dejara atrás. Llorando, me aferré a su brazo. —Sebastián, te lo suplico… afuera está lloviendo a cántaros. ¿Puedes llevarme primero al hospital? Él apartó mi mano con impaciencia. —Ella se cortó la muñeca. ¡Podría morir! ¿Puedes dejar de ser tan inmadura? Tengo que ir a vendarla. Tú puedes ir sola al hospital. La lluvia caía como si el cielo se estuviera rompiendo. Y Sebastián me dejó sola en plena carretera. No tuve más opción que llamar a mi mejor amiga para que viniera por mí. Nunca imaginamos que, en el camino, un enorme camión de carga se lanzaría directo contra nosotras. Mientras perdía el conocimiento, la escuché llorando, llamando a su esposo… Pero lo único que recibió fueron reproches. —No inventes tonterías, Elena. Solo porque estoy acompañando a Daniela, ¿ahora vas a mentir sobre un accidente? Al final, fueron unos desconocidos que iban pasando quienes llamaron a la ambulancia. Gracias a ellos, sobrevivimos, pero las dos perdimos a nuestros bebés. Cuando despertamos en el hospital, nos miramos y sonreímos amargamente. —¿Te vas a divorciar? —Sí.
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Tour con FINAL FELIZ

Tour con FINAL FELIZ

En pleno viaje descubrí que la guía turística, una mujer con un cuerpazo, se estaba tocando en el autobús. Cuando la descubrí, se disculpó de todo corazón y me suplicó que no se lo contara a nadie. Acepté, convencido de que eso quedaría entre nosotros, pero ella no dejaba de buscarme para seducirme. Creí que sería solo una aventura pasajera. Jamás imaginé que mi esposa terminaría metiéndola en mi habitación…
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Tabú: Ataduras y Pecados

Tabú: Ataduras y Pecados

+21 Contenido explícito, tabú y adictivo. Te vas a arrepentir. Y aun así, vas a querer más. Ella gemía, incluso cuando sabía que estaba mal. Él apretaba más fuerte, entraba más hondo, y ella pedía más. En Tabú: Ataduras & Pecados, te lleva por caminos donde el deseo sabe a pecado, huele a cuero, suena a cadenas y pesa como nombres que no deberían estar en tu cama. Aquí, el placer es crudo, prohibido, caliente como hierro al rojo vivo. Son relatos que mezclan sumisión y poder, sangre y lujuria, ataduras físicas y emocionales, cuerpos que se reconocen incluso cuando el mundo dice que no deberían. Hermanos. Padrastros. Profesores. Alumnas. Cada historia es una invitación indecente, y la vas a aceptar. Esta colección no es para débiles. Es para quienes gozan con la conciencia sucia, el cuerpo marcado y el alma en llamas.
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Detrás de Cámaras

Detrás de Cámaras

La vecina europea se vestía de forma provocadora; tenía un cuerpo sensual y unos pechos generosos que resaltaban en su figura delicada. Se llamaba Lía. Una noche vino a pedirle a mi esposo que le arreglara la computadora, pero desde dentro alcancé a escuchar gemidos subidos de tono. —¿Quieres probar mi nuevo piercing en la lengua? Considéralo mi pago por la reparación. Enseguida, Silvestre también empezó a gemir de placer. No pude evitar tenerle celos a Lía; hacía mucho que mi esposo no disfrutaba así conmigo. Mientras escuchaba esos gemidos, me metí despacio la mano en el pantalón, pero no logré quitarme las ganas. Dicen que el esposo de Lía tiene un aro de piercings ahí abajo; se me antojaba probarlo desde hacía rato. Si Lía se atrevió a seducir a mi esposo, entonces yo también voy a probar esos piercings.
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Ya no más la esposa secreta del Don

Ya no más la esposa secreta del Don

Me casé en secreto con Don Matteo. Cada vez que se acostaba con su amor de la infancia, me prometía una boda de verdad, frente a las Cinco Familias. Durante cinco años, Matteo me lo prometió noventa y nueve veces. Y noventa y nueve veces, me dejó plantada en el altar. La primera vez, el gato de exposición premiado de Cecilia murió. Para consolarla, pospuso la boda por tres meses. Yo me quedé sola en el altar, con los ojos enrojecidos, intentando calmar a los ancianos de la familia. La segunda vez, Cecilia hizo un berrinche en un casino y destrozó un jarrón antiguo valorado en cien millones. Él desvió el jet privado destinado a la boda y voló toda la noche para ir a arreglar su desastre. Y así cada vez, justo antes de nuestra boda, su amor de la infancia tenía algún tipo de emergencia. Yo lloré. Grité. Incluso llegué a apuntarle con un arma a la cabeza. Pero Matteo solo me empujaba contra la pared y me hacía callar con un beso frío y rudo. —Ella es solo un polvo. Tú eres la señora Falcone. Ten un poco de maldita clase. Después de la vez número noventa y nueve, finalmente me harté. Deslicé los papeles sobre la mesa. La tinta aún estaba fresca, con el sello de la familia Falcone estampado al final. —Nuestro matrimonio, nuestra alianza… se terminó.
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El juguete del jefe

El juguete del jefe

Todos me advirtieron que jamás me enamorara de Dante Moretti. Decían que era el fantasma de la familia Velasco: el segundo al mando que ordenaba ejecuciones sin parpadear, con el corazón más frío que el cañón de su propia pistola. Pero cuando me doblegó sobre aquel escritorio de caoba y presionó su boca contra mi oído, exigiéndome que pronunciara su nombre, fui lo suficientemente estúpida como para creer que aquello era posesión. Me tomó un año entero abrir los ojos a la verdad. Las fotografías bajo llave en el cajón de su despacho nunca fueron mías. La mujer vestida de blanco que lo esperaba los domingos por la mañana en el distrito de la catedral nunca fui yo. La chica que recibió una bala por él, a la que él llamaba su «salvación»... Su nombre es Elena Abate. Y resulta que Elena es la hija de mi madrastra. Para salvar a la familia, mi padre intenta venderme por quinientos millones a un heredero de los Agosti que ya tiene un pie en la tumba. Mi madrastra conspira para borrarme del mapa por completo. ¿Y el hombre que creí capaz de reducir esta ciudad a cenizas por mí? El día que más lo necesité, estaba subiendo a Elena por las escaleras, cargándola en brazos como si fuera un objeto sagrado. Todos pensaron que yo era solo un peón que podían mover a su antojo en su tablero de ajedrez. Se equivocaron. Si Dante no puede dejar ir a su precioso amor de infancia, a su «salvación», entonces me convertiré en la «viuda» de alguien más. Si Elena cree que ya ganó este juego, dejaré que mire desde la primera fila cómo una mujer que no tiene nada que perder lo destruye todo. Mi nombre es Serafina. Recuérdalo. Porque estoy a punto de convertirme en el castigo que ninguno de ustedes vio venir.
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La consentida del señor Ferrer

La consentida del señor Ferrer

Después de seis años de relación, justo cuando estaba a punto de casarse, su novio la dejó con una sola frase: —Mi padre nunca permitirá que alguien con tu origen entre en nuestra familia. Valeria Mendoza sintió una burla amarga en el pecho. No necesitaba que le explicaran nada más. La verdadera razón era evidente: el gran amor de Sebastián Ferrer había regresado… y ella ya no tenía lugar. Cuando estaba completamente destruida, apareció el verdadero dueño del imperio Ferrer, el soltero más codiciado de Santa Verona, Alejandro Ferrer, con una propuesta inesperada. —Cásate conmigo. Tendrás todo lo que quieres… y también podrás vengarte de él. La buena noticia: Diez millones al mes para gastar, recursos ilimitados, un esposo que supuestamente viajaba todo el tiempo por trabajo y una convivencia sin interferencias. Además, podía aplastar a su ex solo por el estatus de la familia Ferrer. La mala noticia: Lo de los viajes de negocios era mentira. Lo de “no molestarse” también. La misma noche en que firmaron el acta de matrimonio, Alejandro la acorraló contra la cama y la besó hasta dejarla sin aire. Desde entonces, volvía a casa cada noche, con un interés peligrosamente constante por su “vida matrimonial”. Más tarde, Sebastián se arrodilló en público suplicándole que volviera con él. Alejandro rodeó la cintura de Valeria y lo miró con frialdad. —Sebastián, si vuelves a decir una estupidez, te saco de la familia Ferrer. Cuando la noche caía en silencio, Alejandro enterraba el rostro en el cuello de Valeria y murmuraba con voz baja y áspera: —Valeria… olvida a los demás. Ámame solo a mí, ¿sí? —Valeria, ¿en quién estás pensando? —Valeria, solo puedes pensar en mí. —Valeria… tengamos un bebé, ¿sí? *** Valeria siempre creyó que su matrimonio con Alejandro era solo un intercambio de intereses. Un acuerdo frío donde ambos salían ganando. Por eso nunca se atrevió a entregarle su corazón. Hasta que descubrió la verdad. Aquel matrimonio que la había salvado del infierno…había sido planeado por él durante seis años enteros.
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