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Capítulo 9

Author: Rodrigo Hernández
Sergio permanecía impasible, mientras que Valeria y los demás empleados lo miraban con incredulidad.

Estaban completamente atónitos.

La belleza y la elegancia de Ana eran del tipo que provocaba envidia en cualquier mujer.

Una mujer tan deslumbrante como ella… ¿cómo podía estar interesada en un apostador arruinado?

—¿Y qué si es tu novio? —bufó Valeria con desprecio—. En nuestra tienda no aceptamos drogadictos ni jugadores fracasados.

Su tono era burlón y venenoso.

—Me preguntaba cómo es que este perdedor tenía el descaro de entrar aquí. Pero ahora todo tiene sentido…

Hizo una pausa, fingiendo comprensión, y luego agregó con sorna:

—Resulta que encontró a una mujer rica que lo mantiene. Se volvió un sugar baby.

Varios empleados soltaron risitas.

—Señorita, se lo advierto por su bien. Puede que tenga buena cara, pero no se deje engañar. Si va a mantener a un hombre, al menos escoja bien.

Valeria dejó escapar una risa burlona.

Ana entrecerró los ojos y frunció el ceño.

—Qué escándalo. ¿Cómo es posible que una tienda tenga empleados como tú, y peor aún, que seas la gerente?

Valeria cruzó los brazos con arrogancia.

—Mujer entrometida. ¿Y qué si soy la gerente? ¿Eso qué tiene que ver contigo?

Luego, con un tono desafiante, añadió:

—No pienso venderles nada. ¿Y qué vas a hacer al respecto? ¡Si te molesta, denúnciame!

Valeria estaba confiada.

Su novio era el gerente general de la tienda, así que no tenía miedo de meterse en problemas.

Ana dejó escapar una sonrisa helada.

—¿Quieres saber qué puedo hacer? Te puedo dejar sin empleo.

—¡Ja! ¿A quién crees que asustas? Si tienes el valor, hazlo. Veamos de qué eres capaz.

Ana sacó su teléfono, pero antes de marcar, miró a Sergio y le preguntó:

—¿Quieres que la castigue?

Sergio se encogió de hombros y respondió con indiferencia:

—Haz lo que quieras.

Ana no dudó y marcó un número.

—Estoy en Plaza del Sol Dorado. Dile al dueño de la tienda de ropa para caballeros del segundo piso que venga de inmediato.

Valeria soltó una carcajada sarcástica.

—¡Qué ridícula! ¿Crees que puedes llamar al dueño con una simple llamada?

Su tono estaba lleno de burla y escepticismo.

Ella conocía al propietario de la tienda, José Pérez.

No solo era una figura clave en la Cámara de Comercio del Futuro de Rivora, sino que también manejaba la distribución de varias marcas de lujo en la ciudad.

Era un hombre con gran influencia y conexiones.

Por muy rica que pareciera Ana, no era posible que con una simple llamada lograra que alguien de su nivel viniera corriendo.

Los otros empleados, sin embargo, ya no se atrevían a hablar.

Ellos no tenían la misma confianza que Valeria.

Ana, por su parte, ya no tenía interés en seguir discutiendo con Valeria.

Si no fuera porque el incidente involucraba a Sergio, ni siquiera se habría molestado en manejar una situación tan trivial.

Justo en ese momento, entró otro cliente a la tienda.

Un empleado se apresuró a recibirlo, pero su voz llamó la atención de Sergio.

—¿Sergio?

El destino jugaba una mala pasada.

El recién llegado no era otro que su ex prometida, Elena López.

Sergio la miró por un instante, pero no dijo nada.

Elena, en cambio, sonrió con burla y se cruzó de brazos.

—Escuché que caíste en las drogas y el juego. Pensé que ya estarías muerto.

Lo miró de arriba abajo con desprecio y chasqueó la lengua.

—Pero mírate… aún sigues vivo. Vaya suerte de parásito.

—¿Elena, también lo conoces? —preguntó Valeria con curiosidad.

Como gerente, Valeria estaba muy familiarizada con los clientes VIP, y Elena era una de ellos.

—Por supuesto que lo conozco —respondió Elena con una sonrisa gélida.

Sergio le lanzó una mirada indiferente y dijo en tono sarcástico:

—Oh, me sorprende que aún recuerdes mi cara.

Elena soltó una carcajada.

—Por favor, no te creas tan importante.

Luego, sus ojos brillaron con un odio evidente.

—Ojalá estuvieras muerto.

Sus palabras eran venenosas.

—Gente como tú no merece seguir respirando.

Se inclinó un poco hacia él y le susurró con desprecio:

—Si yo fuera tú, me habría ahorcado hace mucho tiempo.

—Lo que dice Elena es totalmente cierto. —Valeria, sintiendo que había encontrado a su alma gemela, se unió de inmediato a la burla.

Ana, en cambio, se llevó una mano a la boca y sonrió con diversión.

—Vaya, Sergio… ¿tienes tan mala suerte con las mujeres?

Sergio suspiró con resignación.

—Hoy no es mi día. Qué pequeño es el mundo.

Ana arqueó una ceja y preguntó con curiosidad:

—¿Y quién es ella? ¿También fue tu compañera de escuela?

Sergio esbozó una sonrisa sarcástica.

—No, ella es Elena López, mi ex prometida.

Apenas escuchó eso, Elena reaccionó de inmediato.

—¡No digas estupideces! ¿Quién es tu prometida?

Su expresión cambió al instante.

—Tú y yo ya no tenemos nada que ver. ¡No te hagas ilusiones! ¿Te has visto en un espejo? ¿Crees que alguien como tú podría siquiera acercarse a mí?

Su voz estaba llena de desprecio.

—El compromiso que alguna vez tuve contigo es la mayor humillación de mi vida.

Con estas palabras, todo quedó claro.

Ana y Valeria ya entendían la relación entre los dos.

Ana sonrió y dijo con un tono deliberadamente provocador:

—Desde mi punto de vista, la que no está a su altura eres tú.

Elena se giró para mirar a Ana con frialdad.

Desde que entró en la tienda, había notado su belleza y porte.

Había algo en Ana que la hacía sentir… inferior.

Pero hasta ese momento, la había considerado solo otra clienta cualquiera.

—¿Y tú quién eres? ¿Quién te dio permiso para opinar? —espetó Elena, llena de celos y desdén—. Mejor cierra la boca.

Valeria, viendo la oportunidad de seguir atacando, añadió con una sonrisa maliciosa:

—Esta tipa parece una rica que se enamoró de un mantenido.

Elena no pudo evitar reírse en voz alta.

—¿Me estás diciendo que esta mujer está manteniendo a Sergio? ¡Por favor, dime que estoy escuchando mal!

—No, no estás escuchando mal. Es cierto. Ella lo trajo aquí para comprarle ropa.

Valeria se acercó y añadió con dramatismo:

—Intenté advertirle que este tipo es un fraude, pero ella no quiso escuchar. Y lo peor, amenazó con que podría hacer que mi jefe viniera solo con una llamada.

Elena soltó una carcajada aún más fuerte.

—¿Acaso tienes fiebre? ¡Con esa cara tan bonita y terminaste desperdiciándote en este idiota!

La burla en su voz era cruel y despiadada.

—¿Sabes siquiera quién es el dueño de esta tienda? En Rivora, es una persona con gran influencia. Ni siquiera yo, llamándolo personalmente, podría hacer que viniera aquí de inmediato. ¿Y tú crees que puedes hacerlo?

—¿Quieres defender a este mantenido? Ni siquiera estás en mi nivel.

Elena y Valeria estaban completamente entretenidas ridiculizando a Sergio y Ana.

Se sentían triunfantes.

Pero Ana, en lugar de molestarse, sonrió con calma y miró a Sergio.

—¿Qué piensas? ¿No crees que parecen dos payasas?

Sergio negó con la cabeza.

—No lo creo.

Ana parpadeó sorprendida.

—¿Eh?

—No es que lo parezcan. Es que lo son.

Sergio lo dijo con tanta seriedad que Ana no pudo evitar soltar una carcajada, cubriéndose la boca con elegancia.

Para Ana y Sergio, Elena y Valeria no eran más que un par de bufones haciendo un espectáculo barato.

Elena sintió que le ardía la cara.

—¿Te atreves a insultarme?

Su temperamento era fuerte y explosivo, y jamás había permitido que alguien la humillara en público.

Pero Ana ni siquiera se inmutó.

—Si te llamo payasa, en realidad te estoy halagando.

Sus palabras fueron como un puñal directo al orgullo de Elena.

—Porque, frente a mí, ni siquiera llegas a ser un payaso.

Ana sonrió con frialdad, viendo cómo Elena estallaba de furia.

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